• 28 de Octubre

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Religión y Democracia

Por Pablo Ortúzar A


Nuestra democracia esta en crisis. Parece ser una crisis de gestión, de la incontinencia del gigantismo irresponsable de un Estado convertido en Leviatán y de ineficacia para resolver los conflictos  de la convivencia sin recurso a la violencia, a la guerra  y al abuso de la corrupción.

Pero su causa es profunda y puede empujarnos a un nuevo holocausto y requerir del esfuerzo de generaciones para regenerar su potencia conciliadora y su búsqueda permanente de paz.

Es que tanto nuestra Nueva Izquierda local como los Trump de EEUU, los Erdogan de Turquía o los Netanyahu de Israel, ni hablar de Maduros o Putines, hacen uso de las formalidades de la democracia como caretas para el debilitamiento de la institucionalidad que la sostiene, mediante el sectarismo y la imposición de repetitivos mantras propios de un chamanismo ramplón, cuya pretendida superioridad moral esconde la frustración de un liderazgo narcisista y vacío de convicciones, que aburre en su impotencia de generar verdadera conciliación y avance, por su creciente desarraigo de la realidad y de sus valores comunes y permanentes. El móvil de estos esfuerzos es sintomático de la fiebre por acceder al poder y permanecer en él.

Porque la causa de esta delicada situación que hoy es observada por el resto del mundo como el Fracaso de Occidente, sería en parte el vacío moral y falta de arraigo valórico de las generaciones jóvenes del siglo XXI, crecidas en un hogar próspero pero de familia ausente, víctimas de un individualismo abismal y de la hostilidad que emana desde las pantallas y las calles inhóspitas de la mega ciudad, y desde la frustración de un ejército de profesores - padres putativos de estudiantes huérfanos - desencantados con nuestra historia y nuestro futuro.

Pero más allá de la evidente fragilidad formativa de quienes hoy ejercen el liderazgo, podemos reconocer en este vacío y en la pérdida de anclaje a los elementos más permanentes de nuestros esfuerzos civilizatorios, las secuelas del derrumbe del Cristianismo como base común de la moral y del sentido de la sociedad occidental desde la caída de Roma. A partir de la post guerra, el desbande del poder y la efectividad de la democracia para contenerlo, acompañan la erosión sistemática de la Ética Protestante en América del Norte y parte de Europa, y el desplome más reciente del Catolicismo en el resto y  especialmente en América del Sur.

Es que el mecanismo fundamental de la democracia es el diálogo, y el diálogo para ser fecundo  requiere de la buena fe de las partes y de la razón como mecanismo resolutivo. Esa buena fe es previa a la razón, y para que sea un elemento común en la diversidad de quienes recurren al diálogo debe sostenerse sobre una ética, sobre una estructura moral del bien y del mal común a las partes aunque suficientemente amplia para acoger esa diversidad. Inmersos en la vorágine de un relativismo total, perdidos de esa ética cristiana común, el diálogo se torna estéril y pierde su capacidad de resolver diferencias, aunar criterios, conciliar emociones y fortalecer la convivencia. Un diálogo así infecundo, es la castración de la democracia y de su capacidad de controlar al Leviatán e impulsar una convivencia pacífica y productiva.

Frente a la inexistencia de esa ética común, el mecanismo resolutivo de la razón no tiene oportunidad de ser aplicado, y es en cambio pervertido por la búsqueda del convencimiento emocional de las masas, de ahí el sensacionalismo, el histrionismo y el show, el populismo que invade  nuestra política  desde los matinales y reportajes hasta la Cuenta Pública a la Nación.