• 28 de Octubre

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El domingo fue un día histórico. Para muchos, la elección más importante desde el retorno de la democracia. El fin de un debate largo, árido, muchas veces desagradable, entre la crítica, la descalificación, las caricaturas, los dedos que apuntan rostros, las generalidades arbitrarias de los lugares comunes y los excesos de una retórica cansada de jadear en la oreja su propia épica. Nosotros, somos, tenemos, expresiones plurales desde el individualismo sectorial. La burbuja brilla y se mueve flotando en el aire, hasta que revienta y el desconcierto se llena de explicaciones. ¿Dónde está el todos tan mencionado? No en los porcentajes.

En Puerto Varas el resultado fue tan categórico como en el resto del país. No fue un resultado estrecho, para nada. Fue una paliza. Quienes apoyaban el apruebo deben haber sentido el vacío, la ausencia de adhesión, todo muy lejos de lo esperado desde las filosas cuentas de twitter. Fue como un espejo que se rompe, y ya sin reflejo proyecta una verdad en trizas, como quien enciende la luz sin avisar, iluminando hasta la ceguera, ojalá pasajera, la abstracción del individualismo sectorial y los nítidos límites de su aparente amplitud. Cuando decir todos se confunde, porque por mucho que se diga, no es más que decir algunos. Eso de que el lenguaje construye realidad es medianamente cierto, mañosamente cierto. Lo que sinceramente construye realidad son los hechos, no las palabras. El apruebo perdió por paliza, sin matices y rodeado de grandes palabras.

Cuando ya se conocen los resultados parten las celebraciones, las culpas, las justificaciones. Fue por el rol de los medios de comunicación, el dinero de las campañas, el miedo al cambio, los errores propios, la falta de lectura del texto propuesto por parte de los votantes. El problema del empedrado, como parte de un intento desesperado por entender, en medio del desconcierto producido por un resultado que se aleja de la expectativa. El diálogo sordo de la convención termina rechazado, mientras espera su próximo capítulo, en el marco de la incertidumbre que se debería aclarar en las próximas horas.

Pocos días antes de la elección del domingo los adherentes del apruebo celebraban la multitudinaria convocatoria del cierre de campaña en Santiago, mientras muchos se burlaban del acto de cierre del rechazo. La burla no sólo era costumbre, sino que además apelaba a cierta petulancia. Esa idea entre dientes de que unos saben todo, mientras otros no saben nada. Los que entienden y los que no entienden. Los que la llevan y los que se dejan llevar. Los justos contra los injustos. Algo como lo que pasaba en la franja televisiva del apruebo, esa escena que repetían: la persona que mientras sirve los platos interviene en el debate de la mesa con la verdad porque es estudiante de derecho. Todo eso tenía una lógica extraña. Una cercanía distante. Adoctrinadora, pero en formación. Sentenciosa, pero inconclusa, carente de la experiencia necesaria, con más convicción que sentido de responsabilidad.

El respeto a la política tradicional, los partidos políticos, las instituciones en general, no fue ni será superado por el aire grandioso de las nuevas generaciones que creen que, por no haber estado en el pasado, considerando sus aciertos y errores, tienen una capacidad moral superior a quienes han estado. La experiencia de la derrota debería colaborar a brindar humildad a la soberbia de creer que, por tener la razón, se puede ejercer la convicción tajante, sin concesiones entre las diferencias.

¿Qué queda? Terminar con el lenguaje de la batalla, la lucha, la contienda, y toda esa paráfrasis que atiende un discurso genérico que predispone su éxito en base a un enfrentamiento. No aceptar, venga de donde venga, la descalificación, las ofensas, la violencia, la rígida tensión de querer sólo sumar adhesión para imponer voluntades como recompensa del triunfo representante.

Este ha sido un proceso con muchos elementos. Entender a profundidad esta elección tomará tiempo. Pero si algo queda, tal vez, como lecciones prematuras de un proceso: el futuro no brilla con la soberbia. La razón es fría cuando pierde estabilidad. Todos no son algunos. La gradualidad tiene justicia en su equilibrio. Escuchar es más importante que decir. La retórica necesita más que emotividad. La violencia no puede validarse como vehículo de cambios. La paz social necesita acuerdos transversales. Chile puede tener una nueva Constitución que represente a la mayoría.

Por: Pablo Hübner