• 28 de Octubre

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Lo llamaremos “José”. En sus primeros meses de vida, José sufrió el abandono por parte de su familia biológica, por lo que Tribunales de Familia resolvió su ingreso a una Residencia de protección. En ese lugar encontró un grupo de personas que lo acogió y acompañó en un lento proceso de reparación y resignificación de su historia, junto a otros niños que, en la práctica, se convirtieron en sus hermanos.

Cuando cumplió cuatro años, Tribunales de Familia resolvió que el mejor camino para José sería la adopción. En ese momento,  comenzó para él un complejo proceso de muchos sentimientos encontrados. Por un lado estaba el duelo de dejar atrás a su familia de origen y a quienes lo habían cobijado desde que tenía memoria en la residencia y, por otro, la esperanza de formar parte de una nueva familia. Tiene miedo a lo desconocido, pero lo compensa la ilusión de ser querido y deseado.

Hasta que finalmente llega el día tan esperado, y luego de una despedida, llena de buenos deseos, parte a su nuevo hogar. A los seis días, la familia adoptiva se ve superada en su rol por diversas razones, y, a pesar de haber deseado con tesón ser padres de José, con gran desilusión deciden llevarlo de vuelta a la Residencia de protección.

¿Cómo le explicamos ahora a José que su nueva familia desistió del proceso? ¿Cómo le decimos al resto de los niños de la Residencia que los papás nuevos de José no pudieron cuidarlo más? ¿cómo se les explica que algo así puede pasar?

La responsabilidad de este devastador escenario en ningún caso es de José, y, muy probablemente, tampoco sea de los padres adoptivos. Sin embargo,  casos reales como este, en que niños y niñas son expuestos a una re-traumatización por el mismo sistema destinado a proteger y reparar su daño emocional, deben obligarnos a evaluar –con urgencia– cómo funciona el sistema de adopción y protección en Chile.  Claramente no es suficiente la preparación y especialización para la evaluación de familias adoptivas, como tampoco el apoyo y acompañamiento que se les brinda a los padres que adoptan, ambos, pilares  cruciales para sobrellevar las dificultades que implica el formar una nueva familia y para asumir la gran tarea de la crianza, pues en buena medida, de esto depende la dirección que tome el proceso de adopción y reparación.

Las cifras del ex Sename indican que en diciembre del 2020 eran 180 los niños que estaban a la espera de una familia adoptiva y 497 los postulantes a adopción declarados idóneos, por lo que las esperas tienen que ver con los procesos, y no por ausencia de familias interesadas en adoptar. Creemos que es vital que el foco de Mejor Niñez (ex Sename) esté puesto en los procesos, para lograr relevar lo que es realmente importante: el interés superior del niño o la niña en la restitución de su derecho a vivir en familia. Y que las reglas o normas de estos procesos sean lo suficientemente flexibles y cuidadosas para que respeten el que debe ser el principio ordenador de todas las decisiones que afecten a los niños y niñas en situación de vulnerabilidad.

Sofía Gómez Martínez

Psicóloga infantil

Directora Ejecutiva Corporación por la Niñez