El viernes de la semana pasada se realizó un concejo municipal extraordinario. La instancia fue solicitada por los concejales para discutir sobre tres puntos específicos: Aumento de casos de coronavirus y estrategias para disminuir su contagio. Instalación de control sanitario al ingreso de la ciudad. Distribución del gasto del aporte extraordinario realizado por el gobierno.
El equipo municipal estaba listo para responder lo que en principio parecía ser una directa interpelación de los concejales hacia el alcalde y su equipo. Pero, no se trataba de eso. Los concejales no iban a interpelar. Tampoco a exigir muchas respuestas, ni rendiciones de cuentas. Los concejales querían ser tomados en consideración. Que los escuchen, que les pregunten, que sus sugerencias y recomendaciones sean parte del libreto. Eso. Querían participar.
Para lograrlo, los concejales concertaron o coincidieron en una estrategia llena de azúcar, con surtidas palabras confitadas y otras bañadas en chocolate. Agradecimiento, reconocimiento, felicitaciones. Incluso, se pudo escuchar comparaciones presuntamente exitosas de la acción comunal en relación a otras comunas. La idea conjunta de los concejales era unirse ante el desafío que implica la pandemia. En ese marco de gratitud los concejales plantean, una vez más, la idea de instalar cordones sanitarios. También proponen la compra de mascarillas y la optimización de la limpieza del transporte público.
Pero, ni el entusiasmo ni las dulces palabras lograron cambiar el hecho de que esa mañana de junio seguía siendo otoño, estaba frío y las decisiones ya estaban tomadas. Entonces, se les comunica a los concejales: No habrá cordones sanitarios en Puerto Varas, al menos no implementados por la municipalidad. Fin del asunto. El tema de comprar mascarillas, no. El alcalde dice que la gente ya tiene mascarilla. La gente no la usa porque no quiere. Fin del asunto. No insistan más. Los fondos del gobierno se usarán en comida y no en otras cosas. La limpieza del transporte público ya se está haciendo. Y así, entre palabras más resueltas que receptivas, se escribe la historia de la pandemia en Puerto Varas.
Nadie podría negar el genuino interés que tienen los concejales de participar, pero en el afán de buscar esa participación, en el concejo extraordinario que ellos mismos convocaron, renunciaron al tono de la realidad. Cambiaron la urgencia de las medidas que solicitaban, como los cordones sanitarios, por el reconocimiento prematuro a la gestión municipal, para intentar así conseguir un pasaporte de incidencia. Felicitar a quienes están entregando todo su esfuerzo para superar esta tragedia sanitaria está bien, pero felicitar sólo para lograr, mediante la instrumentalización del reconocimiento, ser tomado en cuenta, no tanto. Además, el esfuerzo es particularmente vano para el caso de los concejales, básicamente porque cinco de los seis concejales tienen demandado al alcalde por notable abandono de deberes. Un botón: En un momento del concejo extraordinario el alcalde dice con indignación: “acá me han tratado de corrupto”. Estos son los estragos de tener un concejo municipal judicializado.
Entonces: ¿Qué se logró en el concejo municipal extraordinario? Poco y nada. ¿Cuándo se instalan los cordones sanitarios? ¿Funcionarán durante los fines de semana, al menos? No. Seguimos donde mismo. Para lo que se consiguió, el concejo municipal extraordinario bien podría haber sido un mail. Tal vez los concejales deberían haber defendido los cordones sanitarios con más argumentos y sobre todo, con más urgencia que simpatía. Al final, después de las palabras, más importan los resultados.
Por: Pablo Hübner