• 28 de Octubre

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El comunicado de Enap sobre un paro que perjudicaría la cadena de suministro de combustible en el sur generó un trastorno en Puerto Varas. En pocos minutos las estaciones de servicio se llenaron. Las filas saturaron las calles y a ratos se volvía intransitable. La sensación era que algo pasaba. Algo que no era bueno.

Quienes fueron rápidamente con sus autos a las estaciones de servicio más creían en la opción de que se acabaría el suministro a la opción de que esto se solucionaría pronto. La seguridad de contar con un estanque justificaba dedicar horas en una espera entre voluntaria y forzada. El costo de todas las horas de esas personas sentadas esperando en la fila fue parte del impacto del momento. La preocupación de los presentes era evidente. El tiempo pasaba y la paciencia no tenía paz.

Desde el gobierno se hizo un llamado a la calma, advirtiendo que todo el país estaba abastecido. El llamado sonaba como cuando hay un temblor y alguien dice tranquilo, no pasa nada, pero hay un temblor.

El día que se llenaron las estaciones de servicio en las redes sociales abundaron las críticas burlescas hacia quienes hacían la fila. Que eran unos exagerados. Que no sabían cómo funcionaba el sistema. Que la bencina llega desde Calbuco. Que incluso puede llegar por barco en Pargua. Que no hay problema con el paro. Que todo es una orquestada campaña política para perjudicar al gobierno, para perjudicar el proceso constituyente.

Si uno tuviera que separar cada comentario en sólo dos categorías, contenido positivo o contenido negativo, se vería como escala una torre, mientras la otra se disminuye. La crítica generalizada asume, entre otras atribuciones, que la población debe saber el detalle de cómo funciona el sistema de suministro estratégico de energía nacional, como si fuera un capítulo más del manual de impacto ante cada anuncio de paro, cada corte, cada toma, cada movilización. Eso, luego de semanas en que la carretera que une el país ha estado entre que fluye y se corta, por diversos motivos, todos más que preocupantes.

La opinión que caracteriza los distintos sectores del debate sobre lo que está pasando tiene severidad y no abundan las dudas ni los matices. La gravedad del momento vive junto a la oportunidad del momento, como la luz y la sombra. El rasgo se repite en la medida que se aproxima a cualquier extremo. El relato adquiere así esa verticalidad como de quien habla haciendo clases. Asume que antes de discutir hay que explicar. Los que piensan parecido se aplauden entre ellos, como barras de alianza de colegio, y más critican a los que piensan distinto. Los que piensan distinto, es lo mismo, pero de otra manera, adicionando la necesidad de reaccionar más y de aplaudir más. Los protagonismos se turnan según el volumen de la reacción. En ese esfuerzo las palabras sacan más que entregan y situaciones delicadas se miran como oportunidades específicas.

Las redes sociales y sus algoritmos los junta y los separa. La sensación de sentir que es la gente la que dice lo que dice, olvida los fragmentos de realidad. La polarización evidencia en los hechos que no se contiene en los límites de los nuevos procesos. Y también, el silencio habla, más allá de que no se comente lo que dice.

En lo que tal vez es lo más triste de ese silencio, en la recta final hacia la elección entre el apruebo y el rechazo, no se habla de felicidad. Esa palabra no está en el relato público. En uno de los procesos políticos más importante de la historia nacional no se habla de felicidad. La felicidad debería ser un tema central de este proceso. No como una palabra bonita. Como una forma de ver la política. La contradicción de su ausencia de protagonismo es elemental.

Lo que pasó en Puerto Varas con las estaciones de servicio la semana pasada merece mucha atención y mucho respeto. Esa no fue una situación feliz. Nadie en esas filas estaba feliz. Fue el temor el que hizo las filas. Nadie quería estar ahí. ¿Por qué hay personas que se burlan de la incertidumbre de otras personas? ¿Creer tener la razón otorga tanto derecho?  No sólo se pierde la seguridad, se pierde el respeto. Responder igual o peor, es lo mismo. El problema de la violencia tiene muchos matices.

Por: Pablo Hübner