• 17 de Octubre

Sugeridos:


La mañana del viernes 29 de mayo, el INE publicó una cifra que debería incomodarnos a todos: el desempleo en Chile llegó al 9,1% en el trimestre febrero-abril de 2026, el nivel más alto en casi cinco años. No es un número abstracto. Son casi 950 mil personas sin trabajo. El biministro de Economía y Minería, Daniel Mas, lo llamó, con razón, un auténtico drama social.

Pero los dramas sociales tienen la mala costumbre de volverse estadística. Y la estadística, de volverse rutina.

La tasa general acumula ya 39 meses consecutivos por encima del 8%. Treinta y nueve meses. Más de tres años en que cada informe del INE confirma lo mismo con distintos decimales. Y la respuesta política sigue siendo la misma — una respuesta que, con distintos nombres y distintos gobiernos, hemos escuchado en cada cambio de administración: la situación es heredada, las causas son estructurales, los resultados tomarán tiempo. El gobierno de turno mira al anterior para señalar culpables, y lo más seguro es que el siguiente mirará a este. La añeja pelea ideológica sobre quién tiene la culpa consume el oxígeno que debería alimentar una pregunta mucho más urgente: ¿quién se hace cargo ahora? Porque mientras el debate político analiza si los planes de reactivación funcionarán en el mediano plazo, en los almacenes de barrio, en las pymes, en los grupos de WhatsApp de los emprendedores del sur, la conversación es otra: cómo llegar a fin de mes, cómo pagar la bodega, cómo decirle a un trabajador que ya no hay para más.

La situación fue especialmente dura para las mujeres, cuya tasa de desempleo llegó al 10,5%, con un aumento de 0,8 puntos porcentuales en doce meses. Una de cada diez mujeres que quiere trabajar no encuentra dónde. Eso no es coyuntura; es una fractura estructural que ningún plan de reactivación ha logrado reparar.

Desde la Región de Los Lagos, el número parece más amable — 6,8% en el trimestre febrero-abril, lo que la ubica entre las tres regiones con menor cesantía del país. Pero ese dato merece ser leído con más cuidado. En doce meses el desempleo regional subió 1,3 puntos porcentuales, mientras que la población ocupada retrocedió un 1,8%. No es estancamiento: es retroceso. Y el golpe, como siempre, lo absorbieron con más fuerza las mujeres: la tasa de desocupación femenina en Los Lagos llegó al 8,0%, con un alza de 2,0 puntos porcentuales en doce meses. A eso se suma que la tasa de ocupación informal regional alcanzó el 28%, y ese crecimiento fue impulsado exclusivamente por mujeres. No es empleo; es sobrevivencia disfrazada de estadística. Como señala Luz Ferrada Bórquez, directora del Observatorio Laboral de Los Lagos de la Universidad de Los Lagos, las mujeres han recuperado sus niveles de participación laboral previos a la pandemia, pero esa mayor presencia también genera más presión sobre una demanda de trabajo que no crece al mismo ritmo.

Lo que inquieta no es solo la cifra. Es la velocidad con que nos acostumbramos a ella.

Novecientas cincuenta mil personas sin trabajo no son un indicador macroeconómico. Son novecientas cincuenta mil biografías interrumpidas. Proyectos frenados. Familias reorganizándose alrededor de la ausencia de un sueldo. Emprendedores que apostaron y perdieron sin red de protección. Y en nuestra región, mujeres que salieron a buscar un trabajo formal y encontraron solo informalidad.

Chile no necesita más diagnósticos ni más disputas sobre a quién le corresponde saldar la deuda histórica. Necesita que alguien, en algún nivel, deje de mirar al costado y responda la pregunta más simple, al llegar ya a la mitad del 2026: ¿Qué hacemos esta semana con las 950 mil personas que hoy no tienen trabajo?