La fiesta en todo el mundo es un tema serio al que se le dedica tiempo, recursos y coordinación. La fiesta, como acto cívico de encuentro social, es muy importante. Una comunidad se entiende también por la manera en que celebra. Para el caso de Puerto Varas y su semana, es obvio que este momento tiene mucho que decir de la comuna.
Tanto es así, que el cómo tiene que ser la fiesta a veces incluso es más importante que la fiesta misma. Lo saben quiénes organizan. Esto obliga a tomar decisiones, aceptando la verdad cruel: Es imposible que todos queden contentos. Lo que faltó, lo que sobró, lo que debería ser y no fue, siempre será parte del debate. Son decisiones que generan alegrías y tristezas, beneficiados y perjudicados. Rememoran la idea, inevitable, de que no siempre las cosas son como uno quiere, así como también, que los sueños se pueden cumplir.
Las decisiones adoptadas y su cuestionamiento ya son un hecho. El tema de la ubicación en plena costanera y bajo amenaza de lluvia, los artistas que se presentan, el monto destinado para el evento, la manera en que se financia ese monto, la duración de 3 días, la contención vial, los resguardos de seguridad, el impacto del ruido para turistas en hoteles próximos, entre tantos desafíos asociados a la masividad que tiene la producción de este evento.
Ante las dudas y las críticas, vienen las explicaciones. Al igual que con los reclamos, se dice de todo. Que es un aporte directo a la comunidad, una responsabilidad social, una contribución a la difusión turística, a la cultura local, a la educación, al emprendimiento, a la igualdad, a la democratización del espacio público. Se menciona que esto se hace en todo Chile y en todo el mundo. El evento se ofrenda como un regalo, sobre todo para quienes no pueden, por diversos motivos, asistir a este tipo de espectáculos. Se dice que es gratis, pero no lo es. Lo pagan todos los vecinos. Son 300 millones de pesos que se usan en esto, los mismos que no se usan en otras cosas.
Un evento masivo en plena costanera, durante 3 días, genera situaciones de todo tipo, algunas más felices que otras. Hoteles y restaurantes verán cambios en sus dinámicas para los pasajeros. Los residentes tendrán dificultades para el desplazamiento vehicular, aumentando los tiempos de traslado, el consumo de bencina, los minutos perdidos en la espera. No todos están de vacaciones. No siempre se puede ir caminando. La paciencia cansada recurre al juicio probable ante una organización que podría haber logrado su cometido, tal vez con menos estragos, sin por eso prescindir del rol que tienen este tipo de eventos.
A su vez, el encuentro masivo introduce un debate mayor: ¿Qué es cultura local? ¿Cuál es la identidad local? ¿Cómo se democratiza el espacio público local y se fortalece el vínculo comunitario por sobre el individualismo clientelar? ¿Cómo este espectáculo masivo de tres días y 300 millones de pesos se compadece con responder a lo que esa identidad representa? ¿Lo consigue?
Indignación y resignación, alegría y agradecimiento, se unen en un relato que incluye el esfuerzo argumental, ya vacío para este año, de establecer cómo deberían ser las cosas en la próxima versión. El debate para la ciudad de las rosas tiene espinas. Los que critican son criticados porque critican. Los que no critican son criticados por no considerar a los que critican. La defensa de los intereses generales, mayoritarios, adhiere a una contundente y rígida supremacía del bien común, con vocación de épica y justicia, donde unos son más que otros, en nombre de todos.
El cotejo de lo bueno y de lo malo busca un equilibrio con resultado positivo. Cazadores de cifras preparan la reportería con indicadores sonrientes para ofrecer ante las críticas respuestas de metralleta. Con todo, hay que aceptar, tomar decisiones es también asumir que no todos quedarán contentos. Se podría trabajar en otras versiones en una coordinación más efectiva con los distintos gremios, detallada en los gastos, y con una propuesta diferente, tomando lo bueno, claro que sí, pero, eso será para la próxima. Esta es la fiesta que el municipio electo ha decidido, con el apoyo mayoritario de los concejales. Así es la democracia. Si se concede que la fiesta es un reflejo de la comuna, entonces su caos, sus aciertos y sus desaciertos, debates y controversias, también lo son. El espectáculo no cuenta con humorista. Por lo pronto, no lo necesita.