• 28 de Octubre

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Chile Danza con Lobos

     Por Pablo Ortúzar A


Las Encuestas del pulso público nacional como CADEM, Pulso Ciudadano, CERC-MORI y CEP son recurrentes en mostrar un apoyo incondicional de poco menos de 30% del electorado Chileno al gobierno del partido comunista y del frente amplio. Preocupa que  sus indultos a delincuentes en plena crisis de seguridad o el desfalco organizado de los recursos públicos en una declarada crisis presupuestaria no hayan sido condición para que ese significativo apoyo disminuya. Más sorprendente aún es que este soporte sin condiciones proviene de grupos principalmente jóvenes, urbanos y de segmentos socioeconómicos acomodados. Coinciden ellos con el apoyo a la aprobación también incondicional del proyecto constitucional  rechazado y son cómplices de los medios engañosos con que desde el presidente Boric para abajo  intentaron imponerlo al país.

Cómo explicar y conocer de las motivaciones que impulsan a este grupo de chilenos a seguir ciegamente el camino de la desintegración nacional propuesto por los principios y medios de ese proyecto?  Cómo romper su hermetismo y establecer un diálogo genuino con ellos?

Desde la discusión política se los identifica con la Comuna de Nuñoa, y como nuestro presidente, con las generaciones vinculadas al activismo estudiantil que invadió la educación media y superior en Chile desde la  “Revuelta Pingüina” y con aquellas generaciones que les siguieron, y que continúan sufriendo sus consecuencias. Serían eternos ex estudiantes, emocionalmente adolescentes perpetuos, de deficiente preparación profesional y notable inexperiencia laboral, necesitados de atención y muchos de ellos víctimas de expectativas laborales inconsistentes con la educación superior recibida en instituciones de dudosa calidad que con la deuda ocasionada por el CAE representaría en nuestra historia reciente un capítulo triste y esclavizante de engaño y abuso a varias generaciones de estudiantes y sus familias.

Así entonces  el discurso de nuestros jóvenes frenteamplistas resulta moralmente disperso y reivindicativo, aunque junto a un lenguaje mitológico común, propone sistemáticas estrategias comunicacionales y “procedimientos territoriales” para consolidar su incipiente  estructura activista de base. Sin embargo en su frustración - más allá de engrosar las huestes del sector público - carece de contenido político propositivo que dé consistencia a ese esfuerzo y a la gobernanza económica y social de una comuna, de una región o del país. En consecuencia, su breve paso por la autoridad pública dejaría una estela de ineptitud, improvisación e inoperancia, que paradójicamente muchos de sus propios partidarios reconocen.

A diferencia del histórico partido comunista, ellos no disfrazan su revolución con la reivindicación del “pueblo”, sino con la del “planeta”. Pero tiene en común con sus socios comunistas, un rechazo ansioso a la realidad y un amargo reclamo a quienes la han hecho posible, no obstante usufructuar  desaprensivamente de ella. En el discurso comunista son los neoliberales que se benefician de los abusos y la discriminación a costa de los más desposeídos o los “diferentes”, en el juego de Suma Cero con que aún hoy conciben la convivencia. En el caso del FA, son las generaciones que los precedieron, quienes no sólo han permitido al mundo llegar a ser el abismo destructivo que es (supuestamente para ellos), sino que además aferrados a los nichos de poder económico y político, obstaculizamos la redención urgente y mesiánica que ellos representan. Como consecuencia, ambos socios han encontrado una base común en la frustración y en el impulso fundamental de sustituir la realidad que aborrecen (pero de la que usufructúan) por una visión redentora fundamentalista y reivindicadora del poder y de la riqueza, carente de base moral e incompatible con la democracia. Por eso coinciden en desacreditar la historia, debilitar el consenso valórico y la institucionalidad,  y crear una sensación de caos y anarquía desde el gobierno y desde la calle. Chile vive hoy en consecuencia, una discordancia más generacional que social, un desafío particularmente delicado si quienes dejarán el poder democrático y nuestra economía debilitados, consideran estratégico y legítimo volver a la violencia y a la calle para reconquistarlos.