[OPINIÓN] Pensando Chile
Chile sufre ya por más de una generación de una enfermedad. Una miseria espiritual que se localiza al interior nuestro, aunque sus síntomas visibles permean los ámbitos más diversos de la nación. Evidentes son la desconfianza y radicalización, que oscurecen la razón y resultan de la invasión sistemática de odiosidades y abusos en las aulas y en las empresas. Acompaña este diagnóstico, la crisis de la familia y de la ciudad, íntimamente vinculados al colapso emocional, a la corrupción, inseguridad y desesperanza. En consecuencia, el destierro de los revanchismos y del abuso metódico de la verdad para el engaño y la violencia, junto a la revitalización institucional requerida para contenerlos, constituye la primerísima prioridad del esfuerzo común en el ámbito público de la educación y de la política, y en el privado de la empresa y de la familia. El futuro de nuestro país depende de este esfuerzo reparador, sin el cual no hay cambio constitucional ni transformaciones técnicas ni políticas, capaces de alterar el curso hacia la autodestrucción de nuestra convivencia en que - sin buscarlo - hemos permitido que la historia, la irresponsabilidad y el fanatismo vociferante de unos pocos, nos coloquen.
En este contexto, el rotundo rechazo del país tanto al proceso como al contenido de la Propuesta Constitucional iniciada el 2020, constituye un impulso alentador, especialmente si pudiésemos canalizar sus enseñanzas para reconstruir. Aunque es comprensible que para muchos el reinicio de un proceso constituyente en las actuales circunstancias, resulta redundante, riesgoso y desgastador, bajo ciertas premisas, un nuevo intento puede también constituir una oportunidad única de iniciar la sanación de este mal interior que nos aqueja.
Primero habría que reconocer que el proceso constituyente impulsado por acuerdo de partidos y aprobado por mayoría Parlamentaria el 2020, se inició con el Plebiscito de Entrada y terminó con el de Salida en Septiembre del 2022. No hay secuela legal que obligue a re iniciar un nuevo proceso. Sin embargo, el cambio conciliatorio y dialogante que permitió acoger bajo la bandera de Chile a los sectores de derecha e izquierda, que en virtud de los valores democráticos y de la historia republicana del país se sumaron al Rechazo, sería inútil si no respetáramos el compromiso moral y político de buscar entre todos una mejor Constitución.
En segundo lugar habría que hacer explícito el reconocimiento del indubitable rol legislativo legítimo y representativo propio del Congreso Nacional, entregando a esa sede la responsabilidad de elaborar una Nueva Constitución. El probado fracaso y costo innecesario de la fórmula extraparlamentaria, la aprobación parlamentaria al “Acuerdo por la paz social y la nueva constitución” del 2020, así como la “discusión de las Bases Constitucionales” que tienen lugar hoy en el Congreso, son pruebas de facto de que sólo a su interior podría gestarse un nuevo proceso constitucional informado, representativo, austero y legítimo. Quizá la última oportunidad para que nuestros parlamentarios recojan el mensaje de Chile por la paz.
Ambas propuestas son un estímulo para que realizando este proceso, todos los chilenos nos re encantemos con la democracia y el diálogo honesto y para que las elites hagan propio el mensaje común a las manifestaciones pacíficas del 2019 y al rechazo del primer intento constitucional. Junto con revitalizar la Institucionalidad y el debido respeto debilitados por nuestra enfermedad, podemos re encontrarnos con el ejercicio conciliatorio y veraz de la democracia en la política y con la honestidad en la empresa, los primeros pasos del camino de sanación que clama la ciudadanía y que requiere nuestro país con urgencia.
Pablo Ortúzar A
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