[OPINIÓN] El medio es el mensaje

Por: Pablo Hübner


Los políticos no deberían controlar los medios de comunicación local en Puerto Varas. Los medios tienen una vocación de servicio público. No deberían estar al servicio de candidaturas, partidos, marcas personales, grupos religiosos, grupos políticos. Esto no se trata de ser objetivo, o de si acaso existe tal cosa, sino de velar porque las instituciones cumplan su rol.

¿Qué pasa cuando los políticos controlan, de manera parcial o total, los medios de comunicación? Si el político es quien controla el medio, puede decidirlo todo. Quién habla, quién no, qué se dice, qué no. Lo que se introduce como importante suele ocultar lo que también lo es, mientras aparenta no serlo. La fiscalización que debe hacer la prensa la maneja parcialmente el fiscalizado. Se distorsiona el pluralismo mediante la selección de invitados, temas y pautas convenientes a quien paga. Se captura la agenda pública. Se evita apoyar a medios independientes. Para qué, si se puede comprar parte de un medio y hacerlo propio. Se construye así una competencia democrática desigual, con fondos tanto públicos como privados, donde quienes acceden al pago por espacios mediáticos obtienen ventaja frente a quienes no tienen ese acceso. Y cada vez es más difícil distinguir si se está frente a contenido periodístico o frente a publicidad que se enaltece a sí misma como relevante información pública.

¿Cuántos votos suman los minutos de radio? ¿Cómo lograr que la presencia en una radio sea absorbida como contenido real, y no como campaña? ¿Es el deber de informar a la comunidad una oportunidad destinada a favorecer adhesiones? ¿Son las buenas intenciones justificaciones?

La distinción entre periodismo, contenido real y publicidad, es una ligera trenza de participación, financiamiento y poder. En periodismo hay un dicho caricaturesco: dime para quién trabajas y te diré cómo escribes. Políticos, grupos religiosos y grupos económicos, instituciones públicas, convierten las marcas sectoriales y personales en políticas de comunicación. Todo lo dicho beneficia a quien lo dice, bajo el dulce argumento de que lo que realiza la persona y/o institución busca beneficiar a la comunidad. Lo mismo aplica para quien postula a cargos de representación. A su juicio tiene una vocación, que no por representativa, es menos propia.

El ex alcalde y el actual alcalde se encuentran entre las radios propias o arrendadas. Sin ir más lejos, durante la campaña municipal el actual alcalde pagó espacios de radio, a modo de infomercial, en la radio de su adversario político. Publicidad en formato de programa real. Luego, el ex alcalde decide tener otra candidatura al cargo de diputado, y cómo no, aprovecha su lugar en la misma radio para hacer ver que su opción representa lo más conveniente. De todos los candidatos, en esa radio, fue probablemente quien más minutos estuvo al aire. Mientras, el actual alcalde invierte en otra radio para que quienes integran su equipo puedan decir lo que quieran sobre su gestión, sin nada que pueda complicar sus expresiones. Son relaciones clientelares. Y como se sabe, el cliente siempre tiene la razón.

Políticos comprando y/o arrendando medios de comunicación no es ninguna novedad, sobre todo en regiones. En Santiago nadie ve a las grandes radios difundiendo programas organizados y dirigidos por quienes deberían ser invitados, no dueños o arrendatarios de espacios. Ni aló diputado, ni lo que la gente quiere bien saber, ni vamos con todo, ni el rumor de mi país. En estos espacios, en nombre de la información, se desenvuelve la promoción, incluso como forma de tradición y trayectoria. Hay un yo que se viste de todos, pero es apenas unos pocos. Este síntoma es auto referente, pero efectivo, y por cierto, no se circunscribe solo a la radio, sino a todo el ecosistema de comunicación, incluyendo las famosas redes sociales y el nuevo rol que adquiere el protagonismo de convertir una agenda de trabajo en una marca personal.

Entonces, ¿con qué nos quedamos? Una ensalada. Publicidad, periodismo, comerciales, comunicación institucional, baile de presupuesto, manejo de poder e influencia, junto a la máquina siempre humeante de endulcorados y abundantes comunicados de prensa. Bombones rellenos. La conducta es la captura del espacio común para el fin particular en nombre de lo compartido. Le llaman justa información. Pero no. Es un tema de dinero. Un tema político. Ambos: asuntos del poder. El medio pasa a ser un instrumento con un fin que no es el fin de los medios. El daño que se le hace a la comunidad es el perjuicio a la democracia que defienden.

 

 

Comparte en tus redes sociales

Noticias Relacionadas