Dignidad y Corrupción

  • Por: Pablo Hübner.


La lluvia vuelve a la zona central del país. Los ríos crecen como no se veía desde hace décadas. Inundaciones, cortes de caminos, cortes de luz, casas dañadas, decretos de Estado de Emergencia, anuncio de bonos de ayuda. Junto al aumento de los ríos se acumula la basura. Toneladas de residuos que requieren de maquinaria pesada para ser removidos. La lluvia evidencia un problema serio de educación.

La misma semana del temporal en la zona central, se conoce de un nuevo caso de presunta corrupción. Asignaciones millonarias, trato directo, fondos públicos entregados con una facilidad que desconcierta. Se repite el patrón en las reacciones. Errores inaceptables, indignación colectiva, renuncias, anuncio de investigaciones, y así. Entre los vinculados están los simpatizantes del sector político, quienes ahora son los sorprendidos y alarmados, pidiendo cautela, severidad, y que tampoco se aprovechen del momento.

La sensación inevitable es que quienes tanto criticaron este tipo de hechos en el pasado, pronto, ya son parte del mismo relato. Nada tan diferente. Nada tan nuevo. Por mucho que declaren estar molestos, sorprendidos, dispuestos a todo para reparar la situación, son sus protagonistas los actores de esta historia. La teoría de la superioridad moral queda derrotada y derramada como una mancha de aceite. El presidente dice que no pone las manos al fuego por nadie. En esa expresión hay un distanciamiento y un desprendimiento.

La promesa de orden cívico se tensiona ante el escándalo. La corrupción daña la confianza pública. El marco regulatorio podría optimizarse para contribuir a anticipar problemas, cierto, pero en lo profundo, la crisis es moral. Nadie debería necesitar una cámara de vigilancia para no robar en un almacén. Básicamente, no se roba porque no se roba. Pero, lamentablemente, algo pasa. Es como la basura que se junta cuando crece el río. Hay quienes están dispuestos a burlar el sistema. Quienes están dispuestos a callar cuando esto pasa. Hay quienes están dispuestos en aceptar cargos públicos para los que no están preparados. Hay quienes están dispuestos a esconder la basura, eso, hasta que el agua corre y la evidencia requiere maquinaria pesada.

Puerto Varas tiene una historia lamentable en relación con la palabra corrupción. Cada cierto tiempo se conoce una nueva denuncia sobre presuntas irregularidades. Se debate si son errores o acciones deliberadas y sistemáticas para obtener beneficios personales o sectoriales. Se debate si son intereses políticos o justas dudas en relación con procedimientos que consideran fondos públicos. Se debate de si se trata de aumentar la transparencia o de si se está desarrollando una campaña de noticias falsas. Los matices gobiernan las certezas y reina la confusión. No todas las acusaciones que parten en definitiva terminan.

¿La auditoría al ex gobierno municipal en qué quedó? ¿Qué se logró? Lo de la oficina y casa del concejal, denunciado, hasta con una experimental comisión de ética: ¿Qué pasó? ¿Qué se logró? ¿Qué cambió? Las acusaciones de discrecionalidad en el proceso de subvenciones municipales del gobierno anterior: ¿Qué era? ¿Por qué no se dice con precisión de qué se trata? Sobre lo más reciente: ¿Hay acuerdos en el nuevo escándalo de los convenios que comprometan a Puerto Varas?

Los llamados a la investigación tienden a la judicialización, creando procesos largos y costosos. Mientras dura el problema, las declaraciones cruzadas por la prensa declaman el anticipo de resultados, incentivando el clima de la desconfianza. La autodenuncia podría ser un camino posible, pero, lamentablemente, los arrepentimientos de los vinculados sólo aparecen cuando son sorprendidos por la opinión pública. Cuando ya sale en la prensa. Sólo entonces vienen las disculpas, las renuncias, las caras preocupadas.

El manto de la corrupción es delgado, oscuro y pesado. Donde hay poder, donde hay dinero, hay interesados. Como es costumbre, abundan las explicaciones bien intencionadas cuando se hace lo que no corresponde. La necesidad de cuidar el dinero de la comunidad de sus administradores electos es una triste condición, más allá del gobierno de turno. La fiscalización se requiere como forma de gobierno del gobierno. La libertad cruje cuando en la paradoja por la conquista de su sentido multiplica sus reglas. La confianza necesita rejas nuevas. La indignación generalizada de los últimos días por la corrupción rebota en la palabra tan mencionada durante el estallido social, la dignidad. Los ríos turbios y llenos de basura del temporal necesitan recuperar su transparencia.

 

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