• 18 de Octubre

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La forma como los asentamientos humanos se despliegan en el territorio y la manera cómo se relacionan con el entorno y entre ellos, es un espejo del proceso civilizatorio y cultural de quienes lo habitamos. De hecho existe una milenaria correlación entre la concentración del poder y la energía, y la aglomeración humana en las urbes. Así desde Babilonia, Egipto y Roma a la Edad Media, y desde la Revolución Industrial al presente, el porcentaje de la población del territorio que reside en las ciudades crece con el surgimiento de los antiguos  imperios y la concentración tecnológica, para decrecer nuevamente en los ciclos de dispersión de la energía y el poder económico, administrativo, bélico y tecnológico que acompaña su decadencia y desvanecimiento.

Por esta misma relación entre la evolución cultural de sus habitantes y la fisionomía del territorio que habitan, es que la Mega Ciudad, ese constructo urbano centralizador y de dimensiones titánicas, cuyo crecimiento obedece a una dinámica maximizadora de la rentabilidad y la recaudación, constituye una imagen nítida del modelo de desarrollo científico/tecnológico que ha impulsado el proceso civilizatorio en occidente desde la revolución científica del siglo XVII y que se globaliza ya en el siglo XX. Un proceso que promueve la maximización (de la velocidad, de la escala, de la especialización y de la riqueza) que alcanza admirables logros en la concentración y  utilización artificial de la energía, pero que en su desmesura se aleja de los óptimos, atentando contra los delicados balances orgánicos y espirituales que preservan la vida. En consecuencia, dicho desarrollo muestra desde comienzos del presente siglo, signos irrefutables de deformación y agotamiento, reflejados en diversas alteraciones difíciles de revertir del ecosistema global  y en perturbaciones patológicas - físicas y mentales - de quienes lo habitamos.

Estos síntomas se hacen críticos a partir del colapso financiero del 2008, cuando la inestabilidad institucional y social se extiende por el planeta cobijada bajo diversos paradigmas, el calentamiento global no puede desconocerse más y la tasa de interés en el mundo permanece porfiadamente cercana a cero. La experiencia de dichas alteraciones alcanza un peak con la Pandemia producida por el Covid desde fines del 2019, la que entre otras múltiples consecuencias realza las deficiencias funcionales, estéticas, sociales, ecológicas y económicas de las grandes ciudades, e impulsa el desarrollo del co- working, el tele trabajo y del tele comercio demostrando su operatividad y llevándolos en pocos meses a los niveles proyectados para muchos años.

Este shock cultural gatillará un cambio en el despliegue territorial más allá incluso de una masiva reasignación de los espacios ahora disponibles en la ciudad, esos millones de metros cúbicos de oficinas y locales comerciales que deberán encontrar nuevas vocaciones. Se trata además de la detonación de un sunami emigratorio desde las ciudades grandes a las semi ruralidad y a las más pequeñas, que sumará su impacto a este esfuerzo por re barajar la infraestructura disponible para residencia en las grandes ciudades y desarrollar nuevas formas de asentamiento y funcionalidad en las ciudades chicas y en la ruralidad, que eviten replicar el modelo fracasado de la mega ciudad del que huyen. En este contexto, el denostar la residencia semi rural en parcelas y justificar con esto la temeraria cuadruplicación del límite urbano de la ciudad de Puerto Varas y su fusión con la ciudad de Llanquihue, como intenta insistentemente ante el CORE la actual administración comunal, es el camino equivocado.

Con el objeto estimular esta discusión, la Corporación de Turismo y Cultura de Puerto Varas se encuentra organizando un Conversatorio Abierto del más alto nivel, con tres connotados urbanistas nacionales, que pondrá especial atención al reordenamiento residencial entre la ciudad y la semi ruralidad. Tocará las características esperables de este flujo inmigratorio y las medidas deseables para potenciar sus beneficios y minimizar sus riesgos, así como también los desafíos que dicho fenómeno residencial ocasionará al rol articulador de las ciudades medianas y pequeñas como la nuestra, inmersas en un territorio con vocación turística, y su relación con las capitales regionales y con la ruralidad.

 

Por Pablo Ortúzar A.