La comuna de Puerto Varas, al igual que buena parte del país, ha tenido que vivir las dificultades de las movilizaciones. Cambia la causa, cambia el grupo, pero algo no cambia, quienes son los principales afectados, que coincide es la mayoría que no se está manifestando. Personas que están trabajando, que están intentando trabajar. El clima de incertidumbre golpea en la vida diaria. Cada semana rebota en la redundante novedad del ahora qué. La confianza se agrieta aún más en la duda sobre si se podrá transitar libremente por las carreteras, por el parque nacional, hacer un trámite municipal. Esa libertad depende de la imposición de voluntad de los movilizados y la capacidad de la autoridad de negociar, junto con reponer el orden.
El paro de guardaparques implicó el cierre parcial del parque nacional Vicente Pérez Rosales durante varios días. Pleno inicio de temporada alta, post reactivación del sector, luego de la dura pandemia. Pasajeros extranjeros no pudieron conocer los Saltos del Petrohué, uno de sus principales atractivos, patrimonio protegido de todos los chilenos. Los operadores turísticos esperando a que el conflicto se resuelva, viendo qué hacer para el reemplazo, buscando alternativas. El problema tuvo costos. Tuvo estrés. Tal vez, muy probablemente, esto se podría haber evitado, sin por eso desconocer las demandas de los movilizados.
El paro de los funcionarios municipales, caso parecido. Un petitorio con distintos puntos a resolver. Suspendidas las atenciones. Dudas en relación al servicio de retiro de basura, imposibilidad de obtener la licencia de conducir. La normalidad interrumpida. Los globos y los carteles en la entrada del municipio dibujaban gruesos descargos, que pronto desaparecen, luego de haber llegado a un acuerdo. El detalle de la solución por lo pronto se desconoce. El tiempo perdido padece su condición, el tiempo perdido nunca se recupera.
El paro de los camioneros se toma las carreteras. Tener que mirar las noticias, las redes sociales, las aplicaciones, para saber si es que se puede ir de un punto a otro, por ejemplo, el tramo tan necesario entre Puerto Varas, Puerto Montt, Frutillar, Osorno. El fantasma del desabastecimiento como una probabilidad latente. Los días que pasan y la sensación que crece, mientras otros grupos económicos se suman a la demanda. El impacto de la determinación castiga la economía en tiempos de crisis. El camino de las soluciones implica costos millonarios para todos los vecinos, quienes esperan a que se deponga la movilización, mientras, también hacen la fila para cargar con bencina el vehículo a un precio que se hace imposible.
¿Se podrían haber evitado estas movilizaciones? ¿Era necesario llegar hasta este punto? ¿Se buscó con sincera determinación el diálogo previo por parte de todos los actores vinculados? ¿Cuán instrumental es forjar la situación límite? ¿Cuánto de las medidas ofrecidas tienen que ver con responder rápido a la situación límite que despliegan los movilizados? ¿Cuán cohesionadas son las movilizaciones? ¿La fragmentación multiplica el problema?
Cada negociación en el marco de la movilización cuenta con su propio reloj que avanza en cuenta regresiva. La fuerza de control por parte de las autoridades parece circunscrita a los resultados de cada negociación, asumiendo la presión que ejerce como pieza dominante. Por si fuera poco, la prolongación de las movilizaciones aumenta la posibilidad de que ingresen más demandas y más actores. La movilización desde un primero exijo, luego pido, luego concedo, tiene un viaje caro. Conversaciones, diálogo, todo, mientras se mantiene un caos parcial, auto controlado con aliento de orgullo, por ser más o menos caótico de lo que podría llegar a ser. La misericordia esconde la amenaza: La cosa se puede poner peor.
La incertidumbre empantana la realidad en el sentimiento de la permanente crisis. El voluntarismo de la autoridad por resolver con justicia situaciones que son atendibles, parece no lograr contener los problemas con antelación, hasta que llegan a un extremo. Probablemente, ni siquiera hay mucho trecho antes de llegar al límite, considerando las conveniencias que tiene para la negociación extremar los mecanismos de presión, incluso, estirando los bordes de lo permitido. Ideología, pragmatismo, control, una lucha de poder en medio de un vacío de poder. En nombre de la justicia, de la democracia, se producen las más profundas arbitrariedades. El que baila pasa recuerda en lo pequeño, lo grande del problema. El daño que genera la incertidumbre afecta la paz social. Después se habla de salud mental, como en el momento al final del noticiario en que te informan que nació un panda, luego de haber visto decenas de tragedias.
Sería absurdo desconocer los problemas. No obstante, la forma de enfrentar los problemas, la imposición de fuerza sectorial, perjudicando a los vecinos, para obtener una posición favorable en la negociación, se hace grande forjando indefensión por parte de la comunidad. Por su parte, la autoridad parece estar sumida a la alternativa de que sólo le queda negociar bajo presión. La fuerza pública, el peso de la ley, subordinada a la temporada de presiones. Tomarse los lugares se naturaliza como mecanismo de acción. El aplausómetro del rating del trending topic que dirige la estela de los vientos, no permite tantos riesgos como asumir la responsabilidad del mandato de reponer el orden.
Para la comunidad, la recuperación parcial de la normalidad es el resultado de una prolongada negociación favorecida por la presión ejercida. En definitiva, la comunidad paga por el problema, luego, paga por la solución. Mientras dura el conflicto, si los vecinos no se suman a la movilización, no apoyan, son atacados. No saben nada, lo que significa, lo que está pasando. Pero, la realidad es precisamente todo lo contrario. La comprensión de los procesos económicos del país, del encadenamiento productivo, del trabajo, es algo que la mayoría tiene en común. En este país la mayoría trabaja. La crisis política es moral, sobre todo cuando pareciera que esto da lo mismo.
Por: Pablo Hübner