• 28 de Octubre

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Un poeta y su burrito en un pueblo, Moguer, y pequeñas historias que se desgranan en 138 páginas de capítulos cortos de pura prosa poética, inundada de metáforas de colección.

Este librito Juan Ramón Jiménez, reconocido por su obra con el premio Nobel de literatura en 1956, es un clásico de las letras hispanas y es tan sencillo como conmovedor.

La obra es rotunda en el amor por los animales, ese que va más allá de las mascotas, por la vida en el campo, por las cosas simples de la naturaleza, Platero y yo, publicado en 1914 habla de la amistad y el mutuo afecto, de los valores y de la crítica social bien puesta; de lo hermoso de la vida y también de las penas de la pérdida.

Moguer, ese pueblito de Andalucía, el de Platero y de su amo, puede ser también un símbolo. Porque cada uno puede tener su propio Moguer. al menos eso creo yo. Y no necesariamente tiene que ser un pueblo.

En mi Moguer, que se llama Huelmo, una preciosa localidad campesina sureña, en los albores de la vida de este servidor, ocurrió que mi abuelo Pello rebosante de orgullo por su primer nieto, me subió a una cabalgadura cuando no pasaba de los cuatro o cinco años y a escondidas de mi madre. Claro que bien sostenido y con él muy vigilante. Así aprendí a cabalgar, a lomos de la Papaya, una yegua que a mi corta edad siempre la vi enorme.

Era negra azabache, hermosa, cuidadosa y comprensiva con ese insecto que se las daba de jinete arriba de su lomo. Años después para mi zozobra, mi abuelo se desprendió de ella en acuerdo con un compadre suyo que se la llevó a otro campo. Y para allá se fue la Papaya. Luego, desde allí fue vendida para prestar servicios en la ciudad, tirando de un carretón de aquellos que hacían fletes.

Mucho tiempo después, en uno de esos “viajes a la ciudad” íbamos con mi abuelo pasando por una calle, hasta hoy de mal recuerdo. Allí estaba la Papaya con su carretón. El relincho que lanzó, tremendo, quejumbroso y acusatorio fue haciendo ecos por todas las casas del barrio. Mi abuelo se detuvo, desarmado, y quedó tembloroso y estremecido en medio de la calle. Ese reconocimiento años después, de la Papaya y su amo, me marcó en el amor y el respeto por los animales.

Imposible no conectarse con Platero, su historia y su amo poeta, porque de alguna forma es también la historia soñada o real de cada uno. Si parece mientras leo estar viendo a la Papaya, mi yegua de ojos grandes, la Platero de mi infancia. Gracias Juan Ramón por esto, por dejarnos en herencia este clásico de siempre.