De los muchos buenos relatos del francés Guy de Maupassant me detengo en Bola de Sebo. Presenta uno de los mejores inicios de cuento que he leído. Parte con el retrato de soldados que huyen derrotados, civiles que esperan la llegada del enemigo y su posterior convivencia con ellos, pintado de una manera excepcional.
Y luego tenemos una radiografía de la sociedad francesa del momento, esa que enfrenta la derrota y la invasión a manos de los prusianos. Un grupo intenta huir de un pueblo ocupado por el enemigo en el norte de Francia, a bordo de un carruaje. Apretados viajan monjitas, conde y condesa, comerciantes acaudalados con sus opulentas esposas y terratenientes que siempre han mandado. Monárquicos y también un cuasi revolucionario seguidor de la República. Y en medio de ellos y ellas Bola de Sebo. Humilde y solita como un lunar. Como un pollito desvalido en corral ajeno.
Ella será la que dará las lecciones. Las de lucha digna, de igualdad, de solidaridad. De sacrificio. Ellos, los que se sienten superiores darán los ejemplos. Sus ejemplos serán de aprovecharse del más débil, de manipular, de velar por sus egoístas intereses propios a costa de los ajenos. Incluso aquellas que deberían estar más cerca del Dios misericordioso harán su numerito.
No sabía quién era Bola de Sebo. Antes, cuando no tenía información, por el título hasta me imaginaba en mi ignorancia que el cuento hacía alusión a alguna mascota o algo parecido. Pero no. Así le habían puesto de sobrenombre a la señorita Isabel Rousset porque era rellenita y rebosante. Y se dedicaba a esa profesión tan antigua y tan vigente. Bola de Sebo, ninguneada y despreciada. Sin embargo, la más digna, la más humana, la heroína verdadera en un mundo de felones, clasistas y mojigatos. Todos mis respetos para ella.
Un cuento largo, de exquisita prosa y toques de humor irónico, apta para amantes de relatos que dejan huella. Por algo éste era uno de los cuentos preferidos de Gabriel García Màrquez.
Monsieur Maupassant nos deleita con una fábula tan vigente hoy, sobre la ética de la solidaridad, la dignidad y, por otra parte, la falsa superioridad que algunos creen poseer sobre sus semejantes.