Durante la última sesión de concejo municipal se vieron diversos temas de interés para Puerto Varas. Mientras se detallan montos millonarios y plazos, en la sesión se puede ver que varios de los concejales están de manera permanente mirando el teléfono o el computador, una y otra vez. Tanto es así que uno de los concejales estuvo más tiempo viendo el teléfono que atento a la sesión. Y la sesión duró más de tres horas. No sólo tenía un teléfono sobre la mesa, tenía dos. ¿Cuánto afecta en la toma de decisiones que los concejales estén concentrados en otras cosas que no son las del concejo?
Desde el punto de vista educacional básico, si una persona está exponiendo y quien escucha, está viendo el teléfono, es una falta de respeto. Eso no es una escucha activa, por el contrario, delata que los temas que se están tratando, en realidad no le importan tanto. Al menos no más que ver la última notificación de sus redes sociales o de sus grupos de WhatsApp. Se podría decir que la pantalla es para atender temas asociados a lo que se discute, pero incluso así, no es el momento. Un cargo público exige presencia, no solo asistencia. Un concejal no solo debe estar presente; debe estar atento. Hay una gran diferencia entre estar físicamente presente y estar realmente presente. ¿Es razonable que una persona encargada de tomar decisiones públicas pueda estar permanentemente distraída mientras esas decisiones se discuten?
Las sesiones de concejo municipal no son para ir a ver el teléfono, sino para representar a los vecinos en la toma de decisión de medidas que implican fondos millonarios. El teléfono y los computadores, más que apoyos, son distractores. Se confunde el hecho de estar siempre conectado con estar siempre disponible. Todo esto acusa una debilidad que afecta directamente a los vecinos, la gestión operativa parece no ser más relevante que la voluntad política. ¿Y cuál es la voluntad política? Una aspiración, una posición, una idea de futuro. Todo eso se financia también con el tiempo y la paciencia de los vecinos durante una sesión pública que es sobre todo un acto cívico.
El debate del uso de los celulares en los colegios, en particular las redes sociales, avanza hacia una necesaria regulación. El uso de pantallas por parte de los estudiantes implica dificultades en sus rendimientos académicos, así como también, un permanente estado de atención y ansiedad por ver y responder a distintas notificaciones, sobre las cuales también se construye una validación social, que es un laberinto de la soledad. Ser integrado, validado, ser alguien, construir a alguien para ser alguien. La pantalla ofrece la ilusión de estar en todo, estando en nada. Lo auténtico y lo conveniente presumen caminar por la misma vereda, pero no siempre es así. La identidad, quien se es, y la imagen, quien se dice que se es, se distancian en nombre de la unidad. La concentración se fragmenta entre los momentos en que se atiende una cosa, mientras se ven mil cosas. Por su parte, la pantalla tiene una dinámica seductora, creada para llamar la atención, hasta el punto de generar una verdadera adicción. Un tragamonedas que es un traga cerebro.
El uso y abuso de la pantalla se convierte en una marca social de esta era, en que estar todo el día mirando notificaciones y respondiendo comentarios parece una cosa inevitable, sobre la cual se construye tolerancia y aceptación. Basta con hacer el ejercicio social de ir a cualquier lugar, el banco, un café, un restaurante, un centro médico, la mayoría de las personas estará mirando el teléfono. El aburrimiento, no hacer nada, ya no existe, y con eso, se pierde todo el fruto creativo que genera aburrirse. La interacción con la pantalla atrapa y desvanece la inquietud de la nada hacia un todo aparente, pero inmensamente vacío. Brinda esta sensación de estar ocupado en algo importante que no es real. En la pantalla la mayoría de las cosas no son importantes. Pero, el teléfono pareciera tener un resorte en el bolsillo: una y otra vez se guarda, hasta que pronto rebota hacia las manos.
El hecho de que durante el concejo municipal los representantes estén más pendientes del computador o del teléfono que de la sesión es un síntoma de un problema social: Mirar una pantalla mientras se exponen temas de la comunidad no es gestión; es falta de respeto. En un colegio no sería aceptable, ¿por qué sí lo es en el concejo municipal? ¿Qué ejemplo ofrece esta conducta? Aceptando que son cargos públicos financiados por todos los vecinos, incluido el teléfono, esto debería tener aún más sentido de atención. Se produce una paradoja tremenda, quienes representan a los vecinos están reunidos para tomar decisiones, pero están mirando una pantalla que los desconecta precisamente de aquello que fueron elegidos para hacer. Tener que decir esto es una cosa bien triste, pero este es el nivel de problema que la comunidad debe soportar y enfrentar. La democracia también necesita atención. Y eso debería ser lo mínimo que se le puede pedir a quien fue elegido para representar a los demás. Lamentablemente, el respeto brilla menos que la pantalla.