• 19 de Octubre

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El arte a la vuelta de la esquina

Una columna de Tamara Rammsy Sánchez.


¿Cuándo dejamos de mirar nuestras calles como espacios para vivir y comenzamos a verlas solo como lugares de tránsito? La rutina puede hacernos olvidar que una ciudad es mucho más que el pavimento por donde circulan los autos. Una calle también se construye desde sus veredas, áreas verdes, fachadas y pequeños espacios de encuentro. Es ahí, en la escala cotidiana, donde ocurre buena parte de la vida urbana. La vereda es el espacio vivo de la otredad, quizás, el espacio público más democrático de la ciudad: un lugar de encuentro, integración y convivencia.

En Puerto Varas, donde persisten importantes brechas de transporte público y muchas personas deben desplazarse desde sectores alejados, la vereda adquiere todavía mayor relevancia, ya que ahí también transitan las personas con movilidad reducida, una mamá o papá con su guagua en coche o quien lleva el carro de compras. Por eso valoro los grandes avances que hemos tenido en la construcción y mejoramiento de calles y veredas en distintos barrios y sectores de la comuna, aunque sabemos que aún queda mucho por hacer.

Pero para que una vereda sea realmente un espacio común, se necesitan basureros, áreas verdes, lugares de descanso y fachadas que acompañen el recorrido con belleza y calidez. Y es aquí donde la cultura puede hacerse presente a través del arte. El arte no tiene por qué quedar encerrado entre cuatro paredes ni restringido a circuitos de élite: puede salir al encuentro de las personas y formar parte de la vida en común.

Por eso celebro especialmente dos propuestas locales que, desde la autogestión y el compromiso con nuestro territorio, han convertido fachadas y veredas en pequeñas galerías al aire libre.

La primera es Vitrina Escaparate (IG @escaparate.lavitrina) una vitrina cultural abierta al público de 8 m 2 ubicada en la fachada curva del ex Consultorio N.º 1 en la intersección de las calles Estación y Klenner. Propuesta impulsada por la Fundación Encuentro Sur y Taller Lobo que cuenta con aportes municipales y de empresas de la comuna. Rodrigo Vargas, su gestor, me cuenta que Escaparate es una iniciativa que recupera el patrimonio desde la escala peatonal transformando un inmueble icónico en una galería abierta.  Inaugurada durante el Día de los Patrimonios de 2026, es un espacio sin barreras ni horarios que ha contado con las exposiciones de los artistas Josefina Abara, Nicolás Edwards, Studio Basal y Rosalba Torres, cruzando distintas disciplinas y conectando arte, memoria y vida cotidiana.

La segunda propuesta nace desde una escala aún más pequeña. Impulsada por la diseñadora Mónica Vargas, La Menuda Galería (@lamenudagaleria) nace a partir de una pequeña caja cúbica, un espacio artístico de apenas 45 centímetros que busca que el arte aparezca de manera inesperada en el recorrido diario. La restricción de albergar una sola obra a la vez se transforma así en un desafío creativo para artistas de la Región de Los Lagos. Al interrumpir la rutina del paso peatonal —y extenderse incluso a espacios comunitarios como el CESFAM o el CECOSF—, la iniciativa democratiza el acceso al arte contemporáneo de una manera creativa, libre e informal.

Ambas propuestas, nacidas de la autogestión, nos recuerdan que la escala humana sí importa. Un nicho de 8 m² en un edificio histórico o una caja cúbica de apenas 45 centímetros pueden ser suficientes para generar curiosidad, provocar una interacción con otros o abrir una puerta a la experiencia estética. Veo en estas intervenciones pequeñas pero concretas formas de construir una ciudad más habitable: un Puerto Varas donde el espacio público no sea solo un lugar de paso, sino también un espacio de encuentro y pertenencia. Como concejala, creo que el desafío es seguir ampliando estas posibilidades y llevarlas a distintos rincones de nuestra comuna. Ya hemos visto cómo intervenciones de mayor escala, como las esculturas en fierro de Oskar Longkotoro instaladas en la costanera en años anteriores, pueden transformar la experiencia de un espacio público y generar un encuentro inesperado con el arte. ¿Por qué no pensar entonces en que éstas y otras expresiones puedan llegar también a Nueva Braunau, Las Colonias, Ensenada o Ralún, incorporándose a programas y actividades municipales que generen nuevas oportunidades para que artistas y comunidades se encuentren?

Porque una ciudad inclusiva no se define solo por la calidad de sus veredas, sino por las posibilidades que ofrece para encontrarnos en ellas. Y cuando el espacio público logra provocar una pausa, una conversación o una experiencia compartida, deja de ser simplemente infraestructura y comienza a convertirse en parte de la vida de quienes la habitan.